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martes, 20 de septiembre de 2016

El coaching y las asignaturas pendientes de la psicología



Marketing. Es la primera palabra que me viene a la cabeza cuando pienso en el éxito del coaching, y es que en líneas generales, han sabido venderse muy bien. No en vano, el coaching no proviene de la, digamos, “ciencia de conducta”, sino del ámbito empresarial, un ámbito que está más centrado en vender productos que en la validez científica.
El coaching ha sabido aprovechar un ambiente “New Age” cargado de pseudociencias y búsqueda del bienestar, combinado con una perspectiva negativa sobre la propia psicología. Y es que más que centrarme en las cosas que ha hecho bien el coaching, me voy a centrar en las cosas que hemos hecho mal los psicólogos.
Cualquier psicólogo sabe que existen varios modelos teóricos en psicología, unos con más y otros menos validez empírica, pero igualmente con diferentes explicaciones sobre la conducta humana y el funcionamiento de nuestra mente, así como diferentes técnicas o herramientas para modificarlo. Sin embargo, y aunque sepamos que hay alternativas, hay una gran corriente mayoritaria, que es la cognitiva-conductual. Lejos de querer debatir si esto es positivo o negativo, lo importante es la relación tan estrecha que se ha establecido entre los modelos cognitivos(pues son más cognitivos que conductuales, en estos momentos) y el modelo médico. En ambos se ha querido dictaminar lo que es el comportamiento “normal” para poder diferenciarlo del comportamiento “patológico”. Todo desde una perspectiva médica de: si es anormal, entonces es patológico y, por tanto, hay que modificarlo/curarlo.
A su vez, esta manera de verlo ha hecho que en la psicología más académica nos hayamos centrado más en el aspecto patológico que en otros aspectos del ser humano.  Los psicólogos hemos querido convertirnos en los médicos de la mente. Esto ha tenido un efecto muy negativo en la manera en que se nos ha visto en la sociedad. Seguro que todos hemos escuchado alguna vez “yo no quiero ir al loquero” o “no estoy loco, no necesito ir a ningún psicólogo”. Se ha generado la creencia de que el psicólogo o la terapia psicológica existe únicamente para tratar la enfermedad mental.
Es común, en el cine o en las series de televisión estadounidenses, escuchar a los personajes expresiones del estilo “mi terapeuta me ha dicho que...” o incluso escenas en las que van a ver a su terapeuta y hablan de aspectos de sus vidas personales. Parece estar más aceptado socialmente que una persona que no tiene ningún trastorno mental diagnosticado vaya regularmente a un especialista para tratar problemas de la vida diaria. Al final, esto es lo que ofrece el coaching. Mientras la psicología lleva décadas diciendo “si estás triste tienes una enfermedad llamada depresión”, el coaching ha empezado a decir “si tienes problemas personales, yo puedo ayudarte” o “si quieres mejorar algún aspecto de tu vida, yo puedo ayudarte”.
Al final, gran parte de la terapia psicológica está basada en el desarrollo personal, en la adquisición de habilidades o en el autoconocimiento, que es, en gran medida, lo que ofrece también el coaching. Lo que cambia es la conceptualización social que tiene cada uno. El psicólogo trata enfermedades, mientras que el coach me ayuda con algunos problemillas.
El hecho de que a los psicólogos nos vean con una bata blanca quizás nos haya hecho ganar prestigio, al situarnos en un nivel similar al del médico, pero al mismo tiempo nos ha hecho perder la perspectiva de lo que realmente hacemos. Al buscar prestigio, hemos perdido un área de actuación que es fundamental. Pero lo peor no es eso, lo peor es que el testigo lo ha recogido un colectivo que carece de la formación necesaria para llevar a cabo ese tipo de intervenciones de la manera correcta.
La mayoría de los coaches provienen del ámbito empresarial, gente que ha estudiado administración de empresas o derecho, que han descubierto en sí mismos un aspecto más “humanista” y deciden enfocar sus carreras de otra manera, o simplemente han visto un filón en una disciplina que está de moda. El hecho es que esa gente no tiene formación en conducta humana, más allá de algún curso de unos pocos meses. Y no solo eso, es que la formación en coaching supone un refrito de conceptos y/o herramientas salidas de la psicología, pero sin una base teórica que esté lo suficientemente validada empíricamente. Como he dicho anteriormente, el coaching bebe de la pseudociencia y del ambiente “New Age”, pero no tiene una base consistente.
Esta base teórica es la que se conoce como Programación NeuroLingüistica (o PNL), una técnica(o conjunto de técnicas) que, supuestamente, va a reprogramar nuestras creencias y nuestras experiencias sensoriales a través de la comunicación. Suena bien, pero la evidencia empírica hasta la fecha pone en serias dudas los fundamentos básicos de la PNL (Aquí, aunque en inglés, un artículo que analiza la evidencia empírica sobre la PNL y que cataloga como “inconcluyente y contradictoria”).
No obstante, el coaching surge de una necesidad real que existe en en la sociedad, que es la necesidad de un apoyo profesional sobre cuestiones de la vida diaria. Un ayuda profesional en términos de desarrollo personal y asesoramiento emocional, en una sociedad en la que el individuo está sometido a cada vez más presiones externas que chocan con su propia individualidad.
Así pues, desde la psicología tenemos ahora un arduo trabajo. En primer lugar, debemos despatologizar gran parte de la conducta que llevamos décadas patologizando. Nos vendría muy bien quitarnos la bata blanca y explicar lo que es realmente la terapia psicológica. Establecer correctamente qué es y qué no es un problema psicológico y, al mismo tiempo, ofrecer alternativas, basadas en la evidencia científica, para todo el que requiera un asesoramiento.
En definitiva, debemos recoger el testigo que nunca debimos soltar, reclamar la que debería ser una de nuestras competencias profesionales y ofrecer al resto de ciudadanos servicios de calidad y ajustados a sus necesidades reales.

Escrito por Alejandro Sola Berenguel

jueves, 30 de julio de 2015

¿Qué es el Sufrimiento Psicológico?

Cuando se habla de acudir a terapia psicológica, es común que se deba a la existencia de un malestar persistente o a un sufrimiento vital que, en definitiva, nos está impidiendo llevar la vida que queremos llevar. Pero, ¿a qué nos referimos cuando hablamos de sufrimiento psicológico o humano?


Las emociones y el sufrimiento

Existe a nivel general una confusión a la hora de entender el sufrimiento. Esto es debido, al menos en parte, a que se suele entender que existen emociones buenas y emociones malas. Cuando una emoción nos gusta, entonces es buena, mientras que si no nos gusta, la consideramos como algo malo y deseamos librarnos de ella por todos los medios.

Así pues, la alegría, el deseo o la curiosidad tienden a ser consideradas emociones positivas, mientras que la tristeza, el enfado o el miedo se suelen ver como emociones negativas. El considerar que una emoción es de por sí positiva o negativa, independientemente del contexto en el que esta se produce nos lleva muchas veces a comportarnos de manera reactiva, es decir, que preferimos movernos para conseguir sentir las emociones que consideramos positivas, mientras que huimos de las que consideramos negativas.

Sin embargo, si atendemos al contexto en el que se produce la emoción, podemos ver que todas son igualmente útiles. Del miedo podemos aprender a ser cautos para no equivocarnos en el futuro. Este es el ejemplo básico, pero hay otros, de la tristeza o el enfado también podemos aprender mucho, sobre todo de nosotros mismos, de las situaciones que nos enfadan o que nos entristecen.

La vida y el sufrimiento

En ocasiones la vida puede presentarnos situaciones que no deseamos, situaciones que nos entristecen, que nos enfadan o que nos dan miedo. Eso es lo NATURAL. En la vida hay espacio por igual para las situaciones que nos alegran y para las situaciones que nos entristecen. Nosotros no elegimos muchas de las cosas que nos toca vivir.

Es necesario que se diferencie el malestar del sufrimiento. El malestar puede ser esa sensación incómoda o desagradable que resulta de una de esas situaciones indeseadas. Esto también es natural. A nadie le gusta sentir malestar y es perfectamente normal querer deshacerse de él. Sin embargo, hay ocasiones en las que esa huida del malestar puede estar alejándonos de la vida que queremos vivir. 

Tal vez dediquemos demasiado tiempo y esfuerzo en no pensar en todo lo que nos molesta y eso nos quite tiempo y esfuerzo de disfrutar de lo que sí nos gusta. Tal vez recurramos a conductas que no nos benefician para huir de esos pensamientos, como tomarnos alguna copita de más, centrarnos demasiado en el trabajo o dejar de relacionarnos con ciertas personas de nuestro entorno. Tal vez, este tipo de conductas nos alejen de nuestra familia, de nuestra pareja o de nuestros objetivos vitales.

Eso es el sufrimiento, la paradoja de dejar de lado a la vida con la esperanza de poder vivir sin malestar.


Aceptación y Compromiso como herramientas de cambio

Cuando una persona se ve envuelta en este tipo de situaciones es muy posible que ni siquiera se de cuenta de cómo son sus propias acciones las que limitan su vida y le hacen sufrir.

La Terapia de Aceptación y Compromiso propone una manera distinta de afrontar estas situaciones vitales. El propio nombre de la terapia ya es bastante descriptivo, ya que esta pone énfasis en que la aceptación genuina del malestar, haciendo hueco para él en nuestras vidas sin necesidad de evitarlo de forma reactiva; junto con un compromiso firme en los valores personales de uno, son unas herramientas fundamentales para el cambio en la vida de la persona y que así esta pueda minimizar su sufrimiento sin poner en peligro a la vida que realmente quiere vivir.

Tal vez merezca la pena sufrir algo de ansiedad si eso supone afrontar una entrevista de trabajo que te puede cambiar la vida. Tal vez sea necesario sentir la tristeza después de una ruptura para poder cerrar esa etapa de tu vida y
pasar a la siguiente. Tal vez no esté de más enfadarse si eso significa que vas a poder defender tus deseos frente a las exigencias de otra persona.

Todo ello pasa por la aceptación de la emoción tal y como esta se presenta, y con un compromiso firme con uno mismo y con la vida que desea vivir.



viernes, 26 de septiembre de 2014

El psicólogo nunca tiene la razón

El psicólogo nunca tiene la razón. Esto es cierto, al menos lo es en parte y en el sentido en el que cotidianamente se entiende. Y no tiene la razón porque no puede o, mejor dicho, no debe. Y tampoco debería buscar tenerla si lo que quiere es llevar una terapia medianamente decente.

En el contexto de la terapia, la figura del psicólogo ha sido vista como alguien que debía decidir en cierta manera sobre diversos aspectos de la vida del “paciente” y en ocasiones ese mismo planteamiento de la terapia era lo que relegaba al cliente a ese segundo plano de mero espectador de la terapia.

A diferencia del médico que nos aconseja mejorar nuestra dieta, realizar ejercicio físico y dormir las horas que debemos cuando le preguntamos “qué debemos hacer…”, el psicólogo no podría (ni debería poder) tener una respuesta a una pregunta como esa, no cuando la pregunta va encaminada a resolver el rumbo que la vida del cliente debe tomar. Porque la última palabra la tiene el cliente. Aunque muchas veces…


…el cliente tampoco tiene la razón…

No cuando la mayoría de las razones que nos damos a nosotros mismos solo sirven para justificar nuestra forma de actuar, cuando una forma de actuar valiosa y bien intencionada no debería porqué tener razones para llevarse a cabo. Es lo que hace desconfiar de un comportamiento que se apoya constantemente en razones.

En el sentido de las terapias actuales, el psicólogo debe ser un guía para el cliente, no un comandante ni un consejero, que tenga en cuenta las opciones sobre la mesa, que se haya interesado por los valores (y los conozca bien) del individuo, y que sirva de apoyo para que este último lleve a cabo las decisiones que su propia vida le demanda, comprometido con el cambio en una dirección valiosa para él.

Los objetivos de la terapia deben ser por tanto guiados por el terapeuta que en lugar de apoyar su argumento en razones de porqué algo debe ser así o asá, se limitaría a guiarse él mismo por los valores del cliente. Ya no paciente, sino activo en el transcurso de la intervención.

Una terapia, por contra, que se ve guiada por el psicólogo y sus razones en lugar de ir regida por el propio cliente, dista mucho siquiera de ser llamada como tal. Posiblemente sea lo que se busca en muchas ocasiones, y puede hinchar el ego de muchos profesionales de la psicología, quizás no mantenga “desconcertado” al cliente por momentos (algo que en ocasiones sucede, de forma intencionada, en algunas terapias actuales), y puede que no requiera de gran esfuerzo por parte del usuario. Pero esto no será terapia. Y uno acabará la sesión sabiendo muy poco más sobre sí mismo.


¡La medicina tiene la culpa de todo esto!

Es una realidad que vivimos en una sociedad medicalizada, como ya se ha comentado en más de una ocasión, y que se tiende en buscar los problemas físicos en el propio cuerpo cuando más de una vez no se encontrará una causa biológica para dar respuestas a nuestras quejas.


No es menos cierto que por este motivo se acuda al psicólogo con la misma actitud pasiva ante los problemas que nuestra vida nos plantea. Esperamos que el profesional resuelva la papeleta (que para eso le pagamos) y que tenga una razón para lo que está ocurriendo. Pero esta situación se plantearía muy simple ante el psicólogo, que a su vez debe huir de tal simpleza, a la vez que es un derecho del cliente ser atendido y disfrutar de una terapia para él y de él, en lugar de escuchar las razones de un completo desconocido.



Autor: Francisco R. Sánchez Ortega




Aceptación sin resignación. Afrontar para vivir plenamente

Las actuales terapias en psicología, podríamos decir que encabezadas por las llamadas terapias de tercera generación, con la terapia ACT como mayor representante, han venido a romper ciertas barreras que la psicología se había puesto a sí misma en el ámbito de la intervención clínica desde el surgimiento de la anterior ola, la psicología cognitivo-conductual, hasta convertir a esta disciplina en una herramienta más sólida y potente en su objetivo por ayudar a las personas que sufren día a día.

Las terapias de tercera generación (ACT, FAP, DBT, etc.) cuentan con dos componentes básicos a la hora de abordar situaciones que pueden llegar a generar algún tipo de malestar al individuo; la aceptación como propuesta para el cambio, y los valores como objetivos que deben marcar el rumbo de la intervención.

Nos centraremos en el primero de esos componentes, la aceptación, uno de los pilares de la terapia de tercera generación, con el que se busca afrontar la situación causa de malestar en lugar de evitarla o postergarla, lo que no haría otra cosa que ir paulatinamente aumentando dicho malestar.


¿…pero qué tipo de terapia es aquella que me pide aceptar mis problemas?

Es cierto que dicho así pareciera que este tipo de terapias busca que el individuo se resigne a que su vida ha tomado cierto rumbo, ante lo cual nada puede hacerse para volver a vivir tal y como a uno le gustaría. Nada más lejos de la realidad, pues debemos hacer, llegados a este punto, un matiz de gran importancia entre la aceptación y la resignación de la que hablamos,  y no se trataría de un matiz caprichoso que simplemente defiende dos ideas distintas por el simple hecho de diferenciar dos conceptos que aparentemente vienen a significar lo mismo.

La aceptación o “willingness”, término anglosajón que últimamente ha venido sustituyendo a su vez al de “acceptance”, busca aprender y aprehender (de) los distintos focos generadores de malestar (situaciones sociales, pensamientos, sentimientos, etc.) para obtener de ellos algún tipo de mensaje que nos ayude a entender qué es lo que está funcionando de manera distinta a la que nos gustaría y poder actuar sobre el contexto (en una dirección valiosa para el individuo).

Esta forma de proceder se aleja bastante de lo que propone la resignación, que por su parte nos plantearía acercarnos a esas fuentes de malestar de manera muy distinta, con una actitud menos flexible y abierta, más pasiva, como actores de una situación de la cual somos víctimas y con una visión pesimista de la vida con la que finalmente estaríamos reacios a contactar.


...pues es más fácil huir. La evitación del malestar como estrategia de afrontamiento

Para acabar, siempre existe otra opción. Una de las primeras en aparecer ante nosotros cuando las cosas se tuercen. En ocasiones es una opción tan buena como cualquiera, y no debe desecharse tan a la ligera como pudiera parecer. Tampoco es lo que proponen este tipo de terapias. Lo que sí hacen estas terapias es plantear que una evitación del malestar, de manera sistemática, sin plantear soluciones, y que en ocasiones puede ir en contra de nuestros valores en la vida, puede ser aún peor opción si cabe que simplemente no actuar.

Evitar, de una manera rígida y no contemplativa (de la situación), no ayuda ni enseña, limita la vida en tanto en cuanto comienza a alejarnos de la vida que anhelamos. Porque evitar, sin más, y sin pretender aprender de la situación, requiere de un coste para las personas que en ocasiones puede llegar a ser muy alto, y generar más malestar aún que la propia situación de la que se pretendía huir inicialmente.


Las terapias de tercera generación plantean, por tanto, aceptar la situación que estamos viviendo, aprender de lo que dicho malestar nos sugiere, entender por qué surge, sin luchar ni controlar ni evitar dicho malestar, pues debemos verlo como una oportunidad para crecer como personas (mentalmente) sanas, más flexibles y más dispuestas (abiertas) a la experimentación de situaciones que si bien no son agradables, también tienen cosas que enseñar.



Por: Francisco R. Sánchez Ortega

Los servicios de salud mental y la crisis económica, ¿tal y como nos lo cuentan?


Recientes estudios realizados en nuestro país alertan acerca del incremento en trastornos psicológicos en consultas de atención primaria entre los años 2006 y 2010, relacionando dichas cifras con la época de crisis económica por la que se atraviesa.

Algunos aspectos de estos estudios deben ser tenidos en cuenta desde una visión crítica y reflexiva para evitar caer en sesgos y explicaciones reduccionistas, no por el mero hecho de restar importancia al incremento de dichos problemas en sí, sino más bien para tener una visión más realista y exacta de la situación a la que nos referimos.

Si bien no se puede entrar a debatir el hecho de que ha existido tal aumento en el número de consultas por malestar psicológico, hay que tener en cuenta que dicho aumento se viene dando desde mucho tiempo atrás, no sólo desde 2006 sino desde la existencia de la psicopatología como tal, achacar este aumento tan solo a la crisis sería quedarse corto.

Por otro lado, debe entenderse que cada vez es más habitual hacer uso del sistema público de salud para resolver cuestiones de malestar psicológico (llámese ansiedad, depresión, etc.), y no solo eso, sino que la sociedad está cada vez, año tras año, más concienciada de la importancia de la salud mental y de la atención que merecen este tipo de cuestiones, por lo que la tendencia a hacer uso de dichos servicios va, a la par, en aumento junto a la proliferación del propio malestar psicológico.

Curiosamente, malestar psicológico y consulta en atención primaria no es lo único que va en aumento, sino que lo hace a su vez la tendencia de la sociedad hacia la medicalización de dicho malestar como si de una enfermedad orgánica se tratase, descuidando la mayoría de las veces una intervención psicológica propiamente dicha, así como va en aumento la creación de nuevos trastornos psicopatológicos por parte de cierto sector de la medicina y la insistencia de tratar dichos constructos abstractos como conceptos reales y objetivos.

Tratar ambos temas requeriría de una mayor extensión y, por tanto, desviarse del objetivo principal que tenemos entre manos, pero aún así, si de lo que se trata es de comparar prevalencia (para profanos en la materia, el número de casos que existen en un momento puntual), y no incidencia (el número de casos nuevos que van apareciendo a lo largo de un periodo de tiempo), deberíamos reflexionar sobre la idea que se tiene de intervención sobre el malestar psicológico, ya que, mientras desde una intervención psicológica se pretende actuar sobre el origen de dicho malestar con herramientas específicamente desarrolladas para estas cuestiones, con la pretensión de reducir la prevalencia de dichos problemas, desde la perspectiva de la medicalización de los trastornos psicológicos la propuesta sería la de reducir el malestar sin intervenir sobre la raíz del problema, lo que se traduce en una reducción de los síntomas, no así del problema en sí y, por tanto, de una perpetuación de la prevalencia.

El problema que se deriva de tal interpretación es, entre otros, pensar que una vez se supere la época de crisis que se atraviesa, se llegará a una época de bonanza de la salud mental resultado de mejorar la situación de los usuarios de los servicios de salud mental, algo que en la práctica podría no suceder si tenemos en cuenta la cantidad de variables que influyen en un problema tan complejo, la forma que existe actualmente de abordar dichos problemas y el interés de otros colectivos de que dicho problema nunca desaparezca.


Para una revisión del artículo “Los riesgos para la salud mental de la crisis económica en España: evidencia desde los servicios de Atención Primaria”;

§  Consultar la fuente del artículo en español:
§  Consultar la fuente del artículo original:
http://eurpub.oxfordjournals.org/content/23/1/103


Por: Francisco R. Sánchez Ortega

jueves, 18 de septiembre de 2014

Salud Mental y Modelo Médico (II): Diagnóstico y etiquetado

¿Qué me pasa, Doctor?

En el artículo anterior (Patologización del Sufrimiento) llegamos a la conclusión de que los problemas comunes estaban siendo transformados en enfermedades por nuestra sociedad. Esto no solo se traduce en un aumento en las visitas a la atención primaria, si no que implica un aumento progresivo de la cantidad de trastornos con los que nos pueden diagnosticar.
Mucha gente podrá lanzarse al cuello de quien dijera que trastornos como el de Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) son un invento de la industria para prescribir fármacos y, sin embargo, no fueron pocos los medios que se hicieron eco en las declaraciones de su "creador".(Artículo de La Vanguardia).
Procesos como este se han dado progresivamente en los últimos años. Aparecen nuevos trastornos y, los ya existentes, rebajan cada vez más sus criterios diagnósticos, de manera que un mayor número de personas puedan ser diagnosticadas y entrar en el ciclo de la remisión.

¿Sano o En Remisión?


Dentro del DSM, junto con los criterios diagnósticos están los criterios de "cronicidad". Se puede decir si un trastorno es agudo o crónico en función de la duración de los síntomas. El problema viene cuando esos síntomas desaparecen.
Se podrá llegar a la conclusión de que una vez desaparecidos los síntomas y signos de cualquier enfermedad médica, esta ha desaparecido y el paciente se encuentra sano. No ocurre lo mismo con los trastornos mentales que, cuando los síntomas desaparecen por un tiempo lo suficientemente largo se dice que el trastorno está "en remisión".

Ese detalle sitúa al trastorno en una suerte de "limbo" en el que no se sabe si está curado o si no, si volverá a aparecer o si ha desaparecido definitivamente. Una persona deprimida no deja de estar deprimida, simplemente su depresión está en remisión y preparándose para atacar de nuevo.


¿Huevo o Gallina?

Este ciclo de la remisión supone dos cosas. En primer lugar, y como ya apuntaba mi compañero Francisco Sánchez en su artículo sobre Salud Mental y Crisis Económica, no se tratan estos trastornos de raíz si no que centramos el tratamiento en la desaparición de los síntomas. Eso implica que el problema no está solucionado, si no "parcheado" y volverá a aparecer, lo cual colapsa los sistemas de salud.
En segundo lugar, y esto es problema del diagnóstico en general, se le otorga al trastorno una entidad propia, que posiblemente no exista. En las enfermedades médicas suele haber una razón concreta y biológica que causa la enfermedad, ya sea un virus, una bacteria o un proceso genético. En los trastornos mentales esto no ocurre, se parte del sufrimiento de la persona para "crear" una entidad/enfermedad que se explica a sí misma.
Decimos que una persona está deprimida cuando se encuentra triste y su nivel de actividad decae. Pero también decimos que la persona está triste y con un nivel bajo de actividad porque está deprimida. ¿Qué es lo que va primero?¿La tristeza o el trastorno? Los sistemas de clasificación diagnósticos están llenos de razonamientos circulares de este tipo.

Yo soy mi enfermedad

Esa entidad de los trastornos hace que parezcan algo ajeno a la persona. Pareciera que Pepe o María se levantaron un buen día aquejados de depresión y no volvieron a ser ellos mismos. Esto repercute en cómo se ven a sí mismos y en cómo actúan al respecto de su trastorno, ya que la responsabilidad de sus acciones está desviada hacia el trastorno, al ser este utilizado para explicar su conducta(y no al revés).
Entre que los trastornos han adquirido entidad propia y que se forma un ciclo en el que nunca están curados, nos encontramos con pacientes etiquetados y estigmatizados de forma perpetua. Pepe o María dejan de ser ellos para ser un deprimido o una deprimida, adoptando el rol de enfermo, con las repercusiones que eso tiene para sus vidas.


Por: Alejandro Sola Berenguel

lunes, 15 de septiembre de 2014

Salud Mental y Modelo Médico (I): La Patologización del Sufrimiento

Los trastornos del estado de ánimo o los trastornos de ansiedad/angustia suponen la razón de consulta más frecuente de psicólogos y psiquiatras de casi todo el mundo. Tal es la envergadura de diagnósticos relacionados con estos trastornos que están empezando a considerarse como la "gran epidemia del siglo XXI".
Pero, ¿Cómo hemos llegado a esto?

DOCTOR, AYÚDEME A SER FELIZ

Para empezar, podríamos hablar de los diagnósticos en sí y, más concretamente, del sobrediagnóstico que podría estar dándose en nuestra sociedad, pero es preferible dejar ese tema para otro artículo más amplio. En su lugar, vamos a poner la atención en el motivo de consulta, ya que para que se den esos diagnósticos, debe haber en primer lugar una persona que vaya a consulta con unas demandas concretas.
Estado de ánimo, ansiedad, angustia...en resumidas cuentas, malestar psicológico o sufrimiento psicológico. Eso es lo que hace que mucha gente vaya al médico, para que este, como si de un catarro se tratase, se lo cure.

LA NATURALIDAD DEL SUFRIMIENTO

Es preciso señalar que ese sufrimiento es una parte inherente a la vida. No se trata de ser pesimista u optimista, o de ser nihilista. Se trata de ver la vida en su conjunto, con sus luces y sus sombras, su felicidad y su tristeza, su calma y su ansiedad.
Desde el punto de vista más "técnico" podríamos decir que toda emoción tiene una función adaptativa. No se puede afirmar de forma absoluta que, por ejemplo, el miedo sea una emoción negativa. En muchas ocasiones es el miedo es que nos impide hacer cosas que queremos hacer, pero en muchas otras es el que nos permite ser cautos y que evitemos cometer errores.
Cierto es que hay emociones que nos gusta sentir más que otras, pero eso no significa que no haya lugar para todas ellas en nuestra vida.

LA ETERNA BÚSQUEDA

Como ya diría el Dr. Russ Harris en su libro La trampa de la felicidad, hay una serie de mitos o creencias comunes en nuestra sociedad que nos llevan a una búsqueda constante de felicidad. El creer que la felicidad es el estado natural de nuestra existencia y que la tristeza es anormal, nos lleva a pensar, a su vez, que para tener una vida plena hay que desechar o controlar los pensamientos negativos.
Todo ese mensaje es el que conforma la verdadera trampa de la felicidad. Nos atrapa en una necesidad de controlar cosas que, en realidad, son incontrolables. No solo incontrolables, sino naturales e inherentes a nuestra propia existencia.
Es común preguntarle a alguien que qué espera de la vida  y que, casi sin pensar, te conteste que lo que se quiere es  "estar bien" o "ser feliz". El llevar una vida indolora se ha convertido en un objetivo a cumplir, aunque nos dejemos una parte de esa vida en el camino.
Esto enlaza con el principio del artículo. ¿Por qué consultamos a los médicos cuando nos sentimos tristes? Porque percibimos la tristeza como algo antinatural, algo que está mal dentro de nosotros y luchamos por controlarlo o, en este caso, curarlo.

Vivimos a base de dicotomías y, si enfermedad es lo opuesto a la salud, el sufrimiento es lo opuesto al bienestar. Y así es como hemos convertido nuestras emociones en enfermedades.



Por: Alejandro Sola Berenguel